La transición hacia energías limpias dejó de ser una conversación exclusivamente ambiental para transformarse en una decisión estratégica dentro de la industria alimentaria. En un escenario marcado por mayores exigencias regulatorias, consumidores más conscientes y la necesidad de optimizar costos operacionales, sectores como la acuicultura comienzan a acelerar su transformación energética con foco en eficiencia, resiliencia y sostenibilidad de largo plazo.
La tendencia es global. En 2025 se registró un hito histórico en el avance de las energías renovables: por primera vez, fuentes como la solar y la eólica superaron al carbón en generación de electricidad y cubrieron la totalidad del crecimiento de la demanda eléctrica mundial, según datos publicados por la revista Science. El fenómeno no solo refleja un cambio en la matriz energética, sino también una nueva lógica industrial donde la sustentabilidad se vuelve parte del modelo de negocio.
En industrias intensivas en consumo energético, como la alimentaria y particularmente la acuícola, esta transformación tiene impactos concretos. Si bien la inversión inicial en tecnologías como paneles solares, sistemas híbridos o almacenamiento energético puede ser significativa, cada vez más empresas reportan reducciones relevantes en costos operativos a mediano y largo plazo. La disminución del gasto energético, sumada a una mayor estabilidad frente a fluctuaciones de precios o interrupciones del suministro, ha convertido a las energías renovables en un factor de competitividad.
La resiliencia energética se ha vuelto especialmente relevante para operaciones que no pueden detenerse. En procesos productivos donde la continuidad operacional impacta directamente en la calidad del producto, el bienestar animal o la seguridad alimentaria, contar con autonomía energética dejó de ser un atributo deseable para transformarse en una necesidad estratégica.
En ese contexto, South Wind decidió avanzar tempranamente. En 2014, cuando gran parte de la industria aún observaba con escepticismo la incorporación de energía solar en operaciones acuícolas, la compañía instaló paneles fotovoltaicos en su planta de procesos de Quilicura. En ese momento, existían dudas respecto a la capacidad de estas tecnologías para sostener operaciones de alta exigencia y sobre la rentabilidad real de la inversión.
Más de una década después, la experiencia demuestra lo contrario. La reciente renovación de la planta solar no respondió a una necesidad productiva urgente, sino a una decisión alineada con la visión de largo plazo de la empresa: fortalecer una operación más eficiente, resiliente y coherente con los desafíos ambientales que enfrenta la industria.
La implementación actual ya no se describe como un proyecto solar, sino como una operación híbrida y resiliente. Hoy, la empresa utiliza el 100% de la energía producida, accede a información en línea sobre su aporte en reducción de huella de carbono y ha logrado integrar tecnología de punta sin detener su producción. Fue, como una cirugía a corazón abierto, instalar módulos solares sobre un techo elevado mientras la planta seguía funcionando. El resultado fue una transición energética fluida y segura.
Más allá del ahorro de CO₂, el impacto ha sido cultural y competitivo. La credibilidad global que otorga este tipo de iniciativas nos convierte en un socio estratégico para mercados que exigen ética además de calidad. Cada trabajador ha incorporado una cultura de eficiencia que trasciende el proyecto. Y lo más importante: se ha demostrado que la sustentabilidad no detiene la economía, la moderniza.
La inversión se justificó mirando hacia el futuro. El retorno no se mide solo en pesos, sino en confianza y en la capacidad de proyectar la actividad acuícola hacia las próximas décadas. En un mundo donde el consumidor busca ética tanto como producto, ser sustentable es el mejor seguro de vida para cualquier negocio.
Hoy, la acuicultura nacional tiene la oportunidad de posicionarse como referente en producción responsable y energía limpia. La sostenibilidad ya no es un valor agregado, sino parte de las condiciones necesarias para asegurar la continuidad y proyección de la industria en las próximas décadas.
Creemos que estas iniciativas pueden empujar cambios más amplios en la industria salmonera chilena. Nuestro país tiene el potencial de convertirse en referente mundial de acuicultura verde. La protección del mar y el uso de energías limpias no son opcionales, son la única vía para asegurar la continuidad de la actividad. Un recordatorio de que la sustentabilidad no es un lujo, sino una obligación ética y estratégica.
Por Valeria Auda, fundadora y gerente general de South Wind Chile