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RODOLFO
URBINA BURGOS DANTE MONTIEL VERA
Doctor en Historia Profesor de Estado Historia y Geografía
Bachiller en Cs. Sociales. c/m. Historia
Miembro. Sociedad Chilena Historia y Geografía
Miembro. Instituto Histórico de Chile
El comercio interno se
reducía a los intercambios de unos productos por otros o trueques, dentro de
cada paraje o entre los pueblos aprovechando generalmente los días de
festividad religiosa para levantar pequeñas ferias donde se permutaban
cerdos por tablas, manteca por tejidos o jamones por gallinas. El comercio
externo tenía como centro la feria de Chacao hasta 1768 y la de San Carlos
de Chiloé a partir de esa fecha, feria que se levantaba al arribar barco de
El Callao, lo que acontecía una, dos o más veces entre septiembre y marzo.
Por no circular dinero en Chiloé, los intercambios entre chilotes y
comerciantes peruanos se hacían teniendo como medida el precio de la tabla
de alerce. Por eso a la tabla se le llamaba "moneda de madera" y, a su valor
"peso de provincia" o "real de provincia". Rara vez llegaba un barco
procedente de algún puerto chileno, de modo que la esporádica comunicación
con Chile se hacía por la vía de El Callao y absolutamente todo el comercio
era forzosamente con el Perú, cuyos armadores adquirían en la feria unas
200.000 tablas de alerce en el año, 12.000 jamones, además de manteles,
ponchos, "bordillos", cubrecamas, etc., todo de lana, y remos, ejes para
carretas, listones para construcción, lumas, avellanos, mañíos y otras
maderas, a cambio de añil, paños de diversas calidades y procedencias, vino,
aguardiente, sal, yerba del Paraguay y otros productos de consumo habitual
en la Provincia.
El comercio con el Perú
era tan ventajoso para los comerciantes de El Callao, como desastroso para
los chilotes. El sistema de trueque, el monopolio, la escasa capacidad del
isleño para el comercio y el interés peruano en la mantención del sistema,
impidieron poner en práctica los planes elaborados a fines del siglo XVIII
tendientes a emancipar a los chilotes de esta desventajosa dependencia, y
fomentar la economía de la Isla, como lo intentó, sin éxito, el gobernador
intendente Francisco Hurtado entre 1786 y 1789.
Las comunicaciones
internas se hacían preferentemente por mar. Los caminos terrestres eran
inexistentes durante el siglo XVI, todo el XVII y parte del XVIII, excepto
el llamado "camino de la playa" o rodeo que acostumbran a hacer jinetes y
peatones. Se comunicaban unos pueblos con otros por las orillas,
"orillando", pero todos los años se abrían "desechos" o atajos de tierra
adentro para evitar las sinuosidades de la costa. Uno de estos atajos era el
de "Quinquerque", de 7 leguas de largo, que unía Quetalco con Huito cruzando
la montaña. Se le llamaba también "La Planchada" por estar planchado de
tablones para evitar los barrizales. Era el más prolongado desecho en la
ruta playera, que unía Castro con Chacao. De allí a San Carlos de Chiloé
había otros dos desechos llamados "Pigüi" y "San Gallán". Sólo en 1788 se
logró trazar el "Camino de Caycumeo" entre Castro y San Carlos, en línea
casi recta cruzando la espesa montaña. Otras huellas o sendas eran la de
Castro a Cucao y la de Carelmapu a Maullín. Al sur de Castro y hasta Huildad
se usaba también la playa y se llamaba "Ruta de los Payos", aunque por lo
sinuoso de aquella costa se prefería hacerlo por mar en "dalcas" que era la
embarcación del mar interior y el más usado medio de transporte y
comunicación.
La sociedad mostraba la
misma composición de otras regiones similares de Indias. En el estamento
español podían distinguirse tres grupos: la "nobleza", formada por los
beneméritos descendientes de los conquistadores y primeros pobladores que
conservaban su pureza racial y en quienes recaía el goce de las encomiendas
y el gobierno local como "huesos" "que eran de la República". Los españoles
"medios", sin claro origen, formado por los "moradores" de la ciudad de
Castro; y los "plebeyos" o gente común, compuesto por españoles pobres y
mestizos, estos últimos muy numerosos, pero considerados "españoles" para
todos los efectos. La "nobleza" tenía un fuerte ascendiente sobre el resto
de la sociedad, pero su prestigio social decayó mucho después de la
extinción de las encomiendas en 1782.
Por su parte, los indios se componían también de tres grupos jurídicamente
distintos: los "veliches" y "payos", nativos de Chiloé y sometidos al
régimen de encomiendas; los huilliches de Calbuco y Abtao, originarios de la
destruida ciudad de Osorno, llamados "reyunos" o "del rey", libres de
encomienda y tributo, defensores de la frontera norte en su calidad de "conas";
y los neófitos, compuestos por indios de varias "naciones" trasladados a
Chiloé desde las islas australes y reducidos en las islas Guar, Cailin y
Chaulinec, bajo la administración de los Padres misioneros, y libres de
encomienda y tributo en su calidad de "nuevamente convertidos". Tanto "reyunos"
como "neófitos" eran sólo minorías étnicas dentro del conjunto de la
población.
La encomienda era la más
importante institución de la Provincia. A principios de la conquista los
españoles se repartieron 12.000 indios en edad de tributar, de los 50.000 de
todas edades y sexos que vivían en el Archipiélago. A fines del siglo los
tributarios se habían reducido a 1.500 cuando la población total de
naturales había descendido a 5.000 personas. Con todo, las encomiendas de
Chiloé estaban entre las "más gruesas del reino" en el siglo XVIII y sumaban
50 repartidas entre otros tantos encomenderos o "feudatarios", como se les
llamaba. Otras 3 encomiendas pertenecían a las tres ordenes religiosas que,
por no poder tenerlas como tales, las poseían bajo la forma de "depósito",
siendo la más importante la de los jesuitas, llamada "encomienda de la
Compañía", vigente hasta la expulsión de la Orden en 1767.
La institución se
desenvolvía al arbitrio de los encomenderos; los corregidores que debían
atender en casos de justicia, no siempre cumplían su papel, y los
"coadjutores" o "protectores" locales, tampoco. Y aunque, el tributo que
debían pagar los indios estaba regulado por tasas y ordenanzas, el sistema
de "servicio personal" o la obligación de pagar el tributo con trabajo,
excedía el monto, quedando incumplidas las leyes. De ahí que fueran
frecuentes los conatos de rebelión durante el siglo XVII, o las alianzas
indias con los corsarios holandeses, o los paros en el siglo XVIII, o
cruentas rebeliones, como la de 1712, que entre ataques indios y represalias
españolas causó 800 muertos. Las disputas por el tiempo de trabajo eran
asuntos cotidianos entre 1740 y 1750, y el papel de los caciques,
fundamental para conseguir finalmente la supresión de la encomienda en 1782,
trece años antes que en el resto de Chile.
Estos mismos tributarios,
toda la población india veliche y payo, así como los demás grupos no
encomendados de Chiloé, fueron los más beneficiados por la labor de la
Iglesia, de enorme gravitación en el mundo chilote. Primero, los
franciscanos y mercedarios en el siglo XVI, luego la Compañía de Jesús o los
jesuitas desde 1609 hasta 1767, destacamos los franciscanos del Colegio San
Ildefonso de Chillán hasta 1771, y desde esa fecha los franciscanos del
Colegio Santa Rosa de Ocopa, todos los cuales tuvieron su sede, colegio u
hospicio en Castro desde donde dirigieron el proceso misional. Los jesuitas
crearon la "Misión de Castro" o "de Chiloé" para la atención espiritual de
la población veliche en toda la extensión de la provincia; la "Misión de
Chonchi" para la atención de los indios payos o "payanos", al sur de Castro
hasta el pueblo de Huildad; la "Misión de Guar" para la conversión de los
chonos de las islas Guaitecas acimentados en Chiloé desde 1710; la "Misión
de Cailín", creada para la conversión de los caucahués, taijatafes y huillis,
trasladados allí desde el archipiélago de Guayaneco e islas adyacentes.
Fuera de los límites provinciales, los jesuitas fundaron la "Misión de
Nahuelhuapi" para la conversión de los indios poyas y puelches de la otra
banda de la Cordillera y que tuvo vigencia entre 1675 y 1717, pero sin
éxito, por la barbarie de los indios que martirizaron y dieron muerte a los
Padres que sucesivamente se hicieron cargo de aquella inestable misión.
La labor jesuita se
extendió a organizar a los naturales en torno de sus capillas, construyeron
templos en sectores de mayor agrupamiento indígena o lugares de reunión (nguillatún)
estructurando a las comunidades, a vivir en casas con piezas separadas para
cautelar la moralidad, a casarse por la Iglesia, en fin, iniciaron las
celebraciones religiosas del día del "Santo Patrono" o "Fiestas Patronales",
naciendo festividades religiosas en todos los "pueblos" o capillas,
instaurándose la identificación de cada capilla con su patrono de vocación
particular, en lugares que en el futuro serían cientos, como la fiesta de la
Candelaria de Carelmapu, Virgen de Lourdes de Rilan, Jesús de la Buena
Esperanza de Putemún, Virgen de Gracia de Nercón, Virgen de Lourdes de Llau-Llao,
entre otras que siguen vigentes hasta hoy, mientras que sus sucesores
franciscanos dieron origen a la fiesta de Cristo Nazareno de Caguach, una de
las más importantes del archipiélago. También crearon escuelas en Castro,
Achao y Chonchi.
Establecieron desde 1624
un sistema misional que estaba basado en las "correrías" o visitas que los
Padres o "patirus" hacían a los "pueblos" o "capillas" desde Carelmapu a
Huildad y desde las islas Chauques a Cucao. Esta "Misión Circular" o
"volante" permitía atender a los 77 pueblos de indios que había en los años
sesenta del siglo XVIII. Estas "correrías" de a pie y en piraguas
mayoritariamente, se hacían año a año, entre septiembre y abril,
deteniéndose en cada capilla dos o tres días para empadronar, bautizar,
confesar, casar, celebrar misas y hacer procesiones, para lo cual llevaban
desde Castro las imágenes sacras de Cristo Crucificado, Cristo Labrador y
Santa Notburga, que junto con la comitiva, conducían en "dalcas" los indios
pilotos de cada pueblo. Fue le método más efectivo de evangelización,
manteniendo vivo el pensamiento cristiano y reforzándolo con estas misiones.
Los Padres eran,
generalmente, dos: el "patíru" y el "pichi-patíru" o ayudante, cuya labor se
complementaba con la colaboración de los "fiscales" y "sotafiscales"
elegidos de entre los indios de cada capilla, y de los "patrones" y
"patronas", institución eclesiástica creada en el año 1621. Los fiscales o "amomaricamañes"
en lengua veliche, reemplazaban al Padre en casos de urgencia, enseñaban y
divulgaban la doctrina a los indígenas del sector o cerca de la capilla y,
los patronos, se encargaban del cuidado, conservación y alhajamiento de las
capillas o iglesias, así como del cuidado de las imágenes sacras de madera
en los días de misión. Las capillas fueron construidas por los jesuitas y
después por los franciscanos, usando el sistema de "mingas" o colaboración
comunitaria, práctica común entre los indios. Los frutos alcanzados en la
cristianización de los naturales, hicieron de las misiones de Chiloé una de
las más gloriosas de Indias. Pero, la fe cristiana coexistió con algunas
prácticas "gentiles", como el "machitún", la brujería y demás creencias,
supersticiones y mitología vernaculares que hicieron de Chiloé un mundo de
sincretismo religioso.
Estas labores
trascendentales de evangelización, se mantuvieron incólumes en el tiempo,
pese a la expulsión de la Orden Jesuita en 1767, dejando estos aportes hasta
el presente. Desde esta fecha, las misiones y cristiandad chilota es
responsabilidad de los Franciscanos del Colegio San Ildefonso de Chillán
hasta 1773, en que la atención de las misiones le correspondió al Colegio de
Propaganda Fide de Santa Rosa de Ocopa venidos desde el Perú, cuya
aceptación para venir a Chiloé por parte de dicho colegio fue en Agosto de
1771. Ellos continúan su acción de fe, que en los comienzos realizaron los
primeros Franciscanos, Mercedarios y Jesuitas.
En el aspecto geopolítico,
Chiloé en los siglos indianos fue considerada como la más pobre, la más
desatendida y la más distante de las provincias del Imperio, pero su
importancia estratégica nunca se puso en duda, y muy especialmente en el
siglo XVIII en que pasó a ser considerada la "llave del Pacífico".
Débilmente defendida durante los siglos XVI y XVII, fue atacada por los
holandeses Baltasar de Cordes en 1600 y Henrick Brouwer en 1643, ataques que
causaron el incendio de Castro y destrucción de Carelmapu, mientras que en
el siglo XVIII estuvo permanentemente amenazada por los ingleses. El fuerte
de Calbuco defendía la Provincia de los insultos de los indios juncos, y el
de Carelmapu estaba para resguardarla de los ataques corsarios, ambos de
cierta importancia en el siglo XVII, a los que se agregó el fuerte
fronterizo de Maullín en el XVIII, mientras el fortín de Tauco protegía la
entrada a Castro en el centro de la Isla Grande y San Antonio de Chacao, que
reemplazó a Carelmapu en la segunda mitad del XVII, defendía la entrada por
el Canal.
Ninguno de los fuertes
era, sin embargo, capaces de oponer resistencia a los "enemigos de Europa",
porque estaban construidos de empalizadas de luma y dotados de tres o cuatro
cañones, excepto el fuerte de Chacao que llegó a contar con 24 cañones en
los años cincuenta del siglo XVIII, gracias al armamento rescatado de la
fragata inglesa "Wager" que naufragó en Guayaneco en 1741, fragata que
formaba parte de la flota de guerra de Jorge Anson que pasó al Pacífico a
hostilizar las posesiones españolas. Amenazas como estas obligaron a la
Corona a reforzar el sistema defensivo de Chiloé, lo que se concretó bajo la
administración del Virrey Amat quien designó a Carlos de Beranger Dusonet
como Gobernador y Comandante general en 1768, al tiempo que incorporaba la
Provincia al gobierno de Lima.
Beranger erigió la villa
de San Carlos de Chiloé y la fortificó levantando la fortaleza de San
Carlos, ambas en la Bahía del Rey, en la Punta de Tecque cercana a la boca
del canal de Chacao. Los gobernadores Juan Antonio Garretón, Martínez y la
Espada, Francisco Hurtado y otros hasta principios del siglo XIX, artillaron
todas las puntas importantes del Canal, entre las que sobresalía la batería
de Agüí, pasando a ser Chiloé una de las regiones mejor defendidas del
Pacífico y una de las Plazas fuertes más militarizadas al contar con 397
soldados reglados de las tres ramas de caballería, infantería y artillería,
y unos 2.000 milicianos a fines de siglo, gente de guerra que marchó después
contra Chile en defensa de los derechos reales al estallar los movimientos
independentistas, a Alto Perú, a combatir a los insurgentes, a tomar parte
en la defensa de El Callao en 1826 y a defender la propia Isla de Chiloé en
todas las ocasiones en que se vio amenazada por Cochrane y Freire hasta la
capitulación de los chilotes por el Tratado de Tantauco que puso fin al
Período Indiano en Chiloé al agregarse a Chile Republicano el mismo año de
1826.
Pero, se vivía a intramuros, porque durante todo el período la actividad de
los chilotes sobre sus espacios adyacentes fue escasa y sin intenciones
colonizadoras. Perdida la ciudad de Osorno en manos de los indios en 1604,
los españoles de Chiloé maloquearon activamente a los juncos y
chauracahuines de la costa y Llanos de Osorno, y contra los poyas de
Nahuelhuapi, hasta mediados del siglo XVII. Desde entonces el territorio
continental se transformó en una "frontera pasiva", aunque siempre vigilada
por los fuertes de tierra firme y desde la Plaza de Valdivia, desde que se
fortificó ésta en 1645. No obstante, durante todo el siglo XVIII los
españoles de Chiloé solicitaron licencia para entrar mediante la guerra y
recuperar de hecho el espacio de la antigua jurisdicción de Osorno, esto es,
entre el río Maipué y el Río Bueno, a la sazón perteneciente de derecho a
Chiloé, lo que sólo se verificó en 1796 cuando se inicia la repoblación de
Osorno con familias chilotas y de Chile Central.
La frontera nororiental se
mantuvo cerrada desde que en 1717 los indios puelches destruyeron la misión
de Nahuelhuapi, cerrándose también el único camino terrestre, llamado de "Vuriloche",
que tenían los chilotes para comunicarse con Chile por la vía de la
cordillera. Diversos intentos por llegar al sitio de la destruida misión
fracasaron durante la segunda mitad del siglo XVIII, hasta que el
franciscano Francisco Menéndez lo consiguió en uno de sus viajes de los años
noventa que, sin embargo, no tuvo otro mérito que hallar las supuestas
ruinas y constatar la inexistencia de los "Césares" u "Osorneses" que
buscaban también los chilotes por aquel lado y por el sur.
La frontera meridional o
sur en cambio, fue una "frontera móvil" en cuanto explorada y navegada con
fines científicos, militares y misionales. José de Moraleda fue el más
importante marino en recorrer aquellos laberintos en los años ochenta, los
Barrientos de Quiquel en escudriñar la Cordillera del Este buscando la
Ciudad de los Césares, y los misioneros en trajinar las islas australes y
adentrarse en la Trapananda (Aysén). Sin embargo, no fue considerado un
espacio colonizable, ni defendible, excepto el fracasado intento de
conservar el fuerte de Inche, en Taitao, en los años cincuenta, levantado
allí para detener el paso de los ingleses. Tampoco se establecieron misiones
por lo riguroso del clima y la distancia optándose por la política de
trasladar los indios australes a Chiloé para ser evangelizados y
civilizados. Pero, las expediciones de los siglos XVII y XVIII permitieron
conocer, en parte, la geografía, confeccionar mapas, y descubrir y tratar a
las diferentes "naciones" indias que habitaban las islas, preparando al
chilote para establecerse allí en el siglo XIX.
Del punto de vista
cultural, los chilotes mostraban un acentuado arcaísmo en usos y costumbres,
en su visión de mundo, en su lenguaje y en sus concepciones políticas,
debido al aislamiento e incomunicación con otras poblaciones de españoles y,
por lo mismo, quedar al margen del proceso histórico que se vivía en el
centro del Reino de Chile o en el Perú. La pobreza y el aislamiento fue
causa del desgano vital de los españoles de Chiloé por falta de espectativas,
razón por la cual reiteradamente solicitaron licencia para despoblar la
Provincia y trasladarse a otras regiones que pudieran ofrecer una mejor
pasadía, lo que, sin embargo, no fue aceptado por la Corona por no convenir
a la seguridad del reino.
El desenvolvimiento de la
vida en la "popa del mundo", como decían los chilotes, se hacía "puertas
adentro", en contacto cotidiano con los indígenas posibilitando intercambios
culturales entre unos y otros y sentando las bases de la "cultura chilota",
heredera de ambas influencias, de modo que a fines del siglo XVIII,
españoles, mestizos e indios compartían la "minga", usaban el "corral de
pesca", navegaban en "dalcas", calzaban "tamangos", vestían el "poncho",
compartían los mitos y las creencias y hablaban la lengua "veliche",
pareciéndose los españoles más a los aborígenes en sus usos y costumbres que
a los españoles de Chile, y tanto españoles como indígenas eran
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El Garzón de Calbuco
En el año 1712 el capitán español Alejandro Garzón, de dotación en el Fuerte
Calbuco, por cuestiones de competencia y desconociendo autoridad al gobernador
de Chiloé, José Marín de Velasco, abandonó simplemente el fuerte, llevándose 62
soldados de infantería, con lo que afectó gravemente la defensa de la provincia.
Por la magnitud de la desobediencia fue declarado “traidor al Rey”.
Estos hechos ocurrían un siglo antes de la constitución de la Primera Junta de
Gobierno, en 1810, y no he encontrado rastros de la permanencia de Garzón en
Chile, por lo que debo suponer que de algún modo regresó a España, donde tampoco
parece haber registro de posteriores ascensos suyos en la carrera militar. Por
eso es posible que haya sido dado de baja del ejército
real.
La ciencia nos ha enseñado la transmisión, a través de los genes y de las
generaciones, de los rasgos hereditarios del hombre.
Hace
un par de años otro Garzón, llamado Baltasar, y que ejerce como juez instructor
de la Audiencia Nacional española, cumplió otra grave traición al Rey de España.
En efecto, con el tiempo, el mundo civilizado tomará conciencia del horrendo
atropello a la legalidad, al honor nacional, y por sobre todo a la verdad
histórica, cometido por este nuevo Garzón, que dejará a España en vergonzosa
situación y que ha causado grave daño a Chile, con la torcida administración de
la justicia, en el nombre del Rey.
Afortunadamente el capitán Alejandro Garzón no dejó descendencia en Calbuco, de
modo que la muy valiosa estirpe calbucana no es heredera en modo alguno de
traidores, y ha comprendido que por sobre las necesarias diferencias políticas
deben respetarse las distintas opciones democráticas, a las cuales no constituye
traición el proceder con rectitud y honorabilidad, y acoger al visitante con la
maravillosa hospitalidad que yo recibí, de moros y de cristianos, cuando tuve el
agrado de conocer la bella isla de Calbuco.
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,
Por
Raúl
Hermosilla Hanne.
Miembro
de Número
de la Academia de Historia
Militar
FLORIDOR CÁRDENAS, PERSONAJE
CALBUCANO
Publicado en el Diario "El
Llanquihue", febrero de 1998
Don Floridor Cárdenas nació en Calbuco, el año 1916, cuando
ingreso a estudiar al Liceo de hombres de Puerto Montt, era el único Calbucano estudiando. Don Floridor era todavía
estudiante cuando a los 14 años escribió su primer artículo para un diario y de ahí comenzó una larga carrera
periodística, por indistintas razones culminaron a principio del 92.
Fue funcionario Administrativo y luego administrador de diario el
correo del sur, de Puerto Montt. En julio de 1939 ingresó como administrativo de la inspección escolar de Calbuco,
donde jubiló en diciembre de 1981, después de 42 años de labor, al servicio de la educación.
Por espacio de 40 años fue corresponsal del diario "El
Llanquihue" , entre los años 1951 a 1992 esta misma actividad ininterrumpidamente la realizó para radio
Cooperativa, Reloncaví desde 1975, Radio Vicente Pérez Rosales, diario La Prensa de Osorno, y la Cruz del Sur de
Ancud.
Fue regidor municipal, presidente del comando de defensa de
Calbuco, cuya mayor victoria, entre muchas otras, fue lograr la luz eléctrica para la Isla de Calbuco en 1958,
cuando aún no existía el piedraplén(1966). Presidente del antiguo José Miguel Carrera en varios periodos. Así mismo
fue delegado, secretario y presidente de la Asociación de Fútbol, trabajó en el Colodyr. Miembro del comité
fundador del Liceo Politécnico de Calbuco, primer inspector General del mismo . Impulsor de múltiples actividades,
sociales, artísticas y culturales que hasta hoy le dan vida e identidad a Calbuco, como es la noche de San
Juan, de la que es su original creador.
Eduardo A. Nievas Muñoz
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CAHUEL MORALES, DIEZ
AÑOS DE SU PARTIDA
Publicado el 14 de enero de
1992 diario "El Austral"
El
15 de enero se cumplen 10 años, en que Calbuco entero en cada una de sus calles, sus barrios y sus islas, recibió
en pleno rostro como un balde de Agua fría, la triste noticia que en el hospital de Puerto Montt, había fallecido
"El Cahuel Morales", trágica noticia que se incrustó en nuestros corazones.
Ramón "Cahuel" Morales como todo gran deportista, tenía grandes sueños y aspiraciones,
ello lo llevó en diciembre de 1981, a intentar efectuar la travesía al Estrecho de Magallanes, en esa oportunidad
la prensa y la TV mostraron al país las 4 veces en que "Cahuel Morales", intentó ganarle a las intrépidas aguas con
grados bajo cero y tener que retirarse a sólo 500 mts, de la meta propuesta. En su mente estaban muchas
aspiraciones más, pero en esta última travesía, con la cual ya había saltado a la fama nacional e internacional
nuestro nadador, producto del frío sintió fuertes dolores abdominales, los que posteriormente vinieron a corroerle
la vida en el inició del 82, a raíz de una afección al páncreas.
Este gran muchacho, este gran amigo, este sencillo hombre de nuestro Calbuco, se
marchó de esa manera a los 29 años de estas tierras que lo habían visto nacer y que luego le tributaron un
emocionado adiós, mientras "El Tiburón Contreras", nadaba en el canal de Chacao rindiéndole un homenaje a su colega
de oficio, que por esos días se habían desafiados a nadar juntos en estas heladas aguas sureñas.
Hombres
como Ramón "CAHUEL" Morales, son los que en un momento clave, en nuestra vida como pueblo, nos han dado sin pedir
nada a cambio, los máximos galardones y orgullo.
Eduardo A. Nievas Muñoz.
Parte de
las crónicaspublicada en el Diario el Llanquihue por don Eduardo A. Nievas Muñoz Fono 65/461288 correo
webnievas@mixmail.com y copiado del libro "Crónicas Cotidianas de Calbuco en homenaje al
Cuarto Centenario 1602 - 2002.
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EDESIO VA AL CINE
Edesio Alvarado Barcelo, inolvidable escritor calbucano, se creció como todo niño de este pueblo rodeado
de gaviotas y cormoranes, asistiendo a la escuela de su pueblo, luego al colegio San Francisco Javier de Puerto
Montt; llegado el momento de iniciar estudios superiores se inclino por la medicina hasta cuando se dio cuenta de
su vocación irrefrenable por las letras, hermosa enfermedad de la cual no se pudo desprender hasta el fin de sus
días, lo cual al final de cuentas lo dejo, superado uno que otro problema, como Hijo Ilustre de Calbuco. Fue sin
duda gran referente, quizás único tan directo, de las costumbres y sentimientos de la época que le correspondió
vivir.
En su época de mayor éxito, por la década de los 50, cuando ganaba concursos sin cesar y se
codeaba con la bohemia e intelectualidad santiaguina, su pueblo le quería, los calbucanos no tenían ni puente,
tampoco muchos autos, pero tenían al Gran Poeta Laureado, como se le llamaba a quien recitaba el poema en honor
de la Reina de la Primavera, gran fiesta comunitaria de aquella hermosa época. El era generoso con su verso, se lo
regalo a quien estimo necesario y merecedor, sobre todo a los mas pobres y olvidados de su pueblo, no por nada su
mas recordado poema popular, recitado personalmente ante todo el pueblo y especialmente ante su Reina Elfrida
Primera, terminaba con la frase: “¡Clase obrera, conquistadora del mundo!”. Puerto Montt en su centenario también
tuvo su poema, completo y emocional como ninguno, publicado en extenso por El Llanquihue de aquellos días. Pero fue
en los cuentos, sin duda, donde plasmo pasiones, amores, rencores y prejuicios pueblerinos y chilenos en general,
contra los que denunciaba constantemente, y fueron estas narraciones cortas los que de alguna manera traspasaron el
umbral del tiempo, llenando de orgullo y satisfacción a su linda familia y todo el pueblo en general. Hoy continua
siendo el escritor de Calbuco.
El
domingo 20 de julio de 2003,supe que comenzaba un nuevo capitulo de su carrera, Edesio va a ser llevado al Cine,
modestamente quizás pero al cine al fin, el guión basado en su cuento “El duelo” será dramatizado y producido
por la compañía El Puerto de Jorge Loncon. Que les vaya bien, sinceramente les deseamos todos los calbucanos a los
puertomontinos que van a emprender esta cinematográfica aventura. Y como la realidad supera a la ficción, incluso
para los escritores, dedico estas líneas a una persona que quizás todavia se encuentre en algún hogar de Chiloe, a
doña Hermelinda Igor, anciana centenaria, anónima y silenciosa, madre biológica de nuestro vate, nunca ha recibido
homenaje alguno por el hijo escritor que trajo al mundo; pero carajo, Edesio lucho contra esos prejuicios. Doña
Hermelinda: Su niño Edesio va al Cine, esta comenzando a ser universal.
Por
Pablo Katz, Biólogo marino
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Grande incendio de Calbuco
Por Pablo Katz
Juan van Bergenhenowen msf fue un
sacerdote católico holandés, testigo atento de los tristes sucesos acaecidos en
la Isla de Calbuco el 31 de enero de 1943.Ese día se produjo el mas grande
incendio registrado del sur de Chile, y el cura impresionado escribió un libro
testimonial, del que se conservó un manuscrito de su puño y letra, al que
tituló justificadamente: “Grande incendio de Calbuco”. Al leer sus páginas, se
viaja al pasado.
Aquel
domingo 31, muchos calbucanos habían salido a pasear, los unos se habían
embarcado en sus lanchas veleras para estar en la fiesta de la Candelaria en
Carelmapu el día 2 de febrero, otros al campo a comer curanto. Sol, comida y
bebida abundante , cuando de pronto, cerca de la hora “de onces”, escucharon la
alarmante campana de incendio, viendo correr a los bomberos desde su Cuartel
General ubicado en calle José Miguel Carrera hasta Antonio Varas donde se
incendiaban las primeras casas. Era el comienzo de una catástrofe. Los que
vieron el humo de las islas del frente dejaron la jarana para volver a cuidar
sus hogares, pero rápidamente el fuego se extendió a negocios, oficinas
públicas, hoteles y todo lo que conformaba el casco antiguo de la pujante
ciudad; que era un puerto de calles estrechas, además de centro productor de
conservas de mariscos para el país y el extranjero.
El viento sur al comienzo, unida a
la sequedad de la tejuela y la falta de agua en los pozos de emergencia tras un
caluroso verano, convirtió en una gran hoguera al pueblo entero. El fuego
rápidamente se extendió sin dar cuartel, las casas ardían en forma espontánea e
instantáneamente el fuego las consumía; al explotar violentamente lanzaban al
aire tejuelas y maderas ardientes que propiciaban el fuego en otro sector. Las
lenguas infernales alcanzaban alturas increíbles. La gente corría y trataba de
poner a resguardo sus objetos de valor, pero no habiendo ya lugar seguro en el
pueblo los dejaban en la playa, desde donde observaban con serena resignación el
fin de sus inmuebles. A las 19:30, con cruel ironía, se incendiaba el Cuartel
General de Bomberos frente a la mismísima Iglesia, desde donde se evacuaban
sus imágenes, bancas y utilería. Al otro lado de la misma calle, las llamas
avanzaban inexorables, hasta que se detuvieron gracias al agua de un pozo
trasero. La última embestida del dios Hefesto vino por el norte, quemando toda
la avenida Vicuña Mackena cerca de la playa, para luego subir la ladera que
esta bajo la actual plaza Balmaceda, incendiando edificios en su frente sur.
Se luchó con denuedo por salvar la
parroquia, por tercera vez amenazada. Eran las 21 horas y los heroicos bomberos
calbucanos exhaustos y olvidando sus propias casas lograron detener el fuego
muy cerca de su Iglesia, ello a través de desarmar completamente una
construcción por un lado y mantener con agua la escuela aledaña por otro. En
ese momento, habrían llegado bomberos de Puerto Montt a bordo del glorioso
Escampavía Yelcho, ayudando a salvar estos edificios principales, claves en la
moral y la reconstrucción del pueblo destruido. Las 12 manzanas principales
habían sido arrasadas y solo el distante barrio La Vega se había salvado.
El Padre Juan salió a entregar
consuelo a sus damnificados, bajo la noche fulgurante que los cubría con un
manto de frió y desolación; fue un triste momento donde continuaron ardiendo
aparte de lo material, los anhelos, recuerdos y esperanzas de todo un pueblo.
Gracias a sus escritos, hoy podemos recordar lo sucedido.
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